Sara L. de Moscona. Psicóloga, psicoanalista.
Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica
de Buenos Aires y de la Asociación Psicoanalítica
Internacional.
Con un libro, dice Pontalis, ocurre como con un sueño
o con una transferencia. Para plasmarlo hace falta una circunstancia
que lo desencadene.
Creemos en nuestro caso, que la circunstancia que desencadenó
la escritura de Psicoanalistas: un autorretrato imposible,
fue el darnos cuenta, como siempre aprés coup, que
en el transcurso de más de diez años de estar
compartiendo juntas diferentes espacios de escritura, así
como también en diversos trabajos personales, en esos
laberintos pulsados por nuestra dimensión deseante,
la mayoría de los trabajos giraban en torno a temas
que ahondaban en los conflictos de los analistas, en nuestra
implicación subjetiva, en la experiencia de psicoanalizar-se.
El deseo hizo lo suyo: captó y anudó en su red,
los objetos pulsionales evanescentes. Como una lectora más,
puedo decirles que este libro lo fuimos cocinando entre las
tres.
Cocción a fuego lento, saborizada con la polifonía
de los diálogos entre colegas, aquellos interlocutores
que también se habían dejado atrapar por los
mismos temas que a nosotras nos tenían capturadas.
Se trata de una cocción que intenta inscribir la posibilidad
de elaborar algo nuevo cada vez. Hoy, eso nuevo cada vez,
es aquí y ahora con ustedes, en este espacio que estamos
compartiendo en un esfuerzo por otorgar inteligibilidad a
nuestras inquietudes dilemas y obstáculos como psicoanalistas,
pero también a nuestras creaciones y a nuestros sueños.
Porque de hecho ¿Quién de nosotros podría
decir que se halla a la altura de sus propios sueños?.
Es esa chispa la que nos provoca y convoca al mismo tiempo
a pensar en el borde y desde el borde de lo no sabido que
nos interpela.
El intento de pasar de la palabra dicha a la letra escrita,
nos conduce a la pausa, a la reflexión, al cuestionamiento.
Cuanta razón tiene André Green cuando nos señala
que “...
el escribir es un acto extraño, tan
poco necesario cuanto imprevisible pero sumamente tiránico
para el escritor. En ningún sitio se nos forma para
escribir. Tal vez la escritura forma parte de la locura privada
del analista. Puede liberarse de ella solo con la locura privada
de otros, sus pacientes a quienes dedica una de las partes
más preciosas de sí mismo en el intercambio
intersubjetivo con el inconsciente.”
Por todo esto pensamos que no es casual que el primer capítulo
del libro, que se halla íntimamente encuadernado a
los restantes, lo hubiéramos titulado:
La escritura
del analista y entre paréntesis este fue uno
de los primeros trabajos que escribimos.
Si hoy tuviéramos que rescribirlo, seguramente se lo
podría nominar:
Entre la desolación
y la esperanza: la escritura.
Escribimos desde la intemperie, desde la fecunda
pobreza inicial, hasta buscar la palabra propia, que se plasmará
en el estilo, en un devenir siempre inacabado. Los temas nos
buscan, insisten, avanzan. No hay sedentarismos en el plano
de la letra.
El escribir es para los psicoanalistas tanto un modo de mantener
viva la letra, como de sostener y de desplegar los interrogantes
que insisten.
La actitud analítica es condición de apertura
a lo desconocido, es un ejercicio de vigilia donde ponemos
a prueba los textos, los provocamos y los desnudamos para
vestirlos nuevamente con otros ropajes.
Explorar en el terreno de la autorreflexión es como
ir más allá de los pacientes, para quedarnos
más acá de los mismos.
Un cara a cara del analista consigo mismo.
Paradoja y encrucijada del autorretrato donde lo imposible
dibuja un límite. Un límite que no es sólo
aquello ante lo cual algo se detiene, se frena, sino también
un borde a partir de lo cual algo comienza a desplegarse y
tan es así que hoy, océano mediante, lo podemos
compartir con ustedes como interlocutores privilegiados y
posibles lectores donde en una intertextualidad activa, nos
dejamos empapar en el clima de perplejidad y asombro que se
genera frente a cuestiones que no pueden resolverse con respuestas
unívocas.
Se trata de abordar a sabiendas esa densidad irreductible
sobre lo encubierto, sobre aquello que estando velado, desvela.
Se trata de reinventar el psicoanálisis con cada paciente
pero también entre colegas, con cada cuestión
que nos moviliza y que nos sorprende. Frecuentemente, amigos
y colegas nos preguntan: ¿cómo hacen? ¿Escriben
de a tres? ¿Escribe cada una y luego lo rescriben?.
Infinidad de preguntas que en realidad no podríamos
responder y no sólo porque no tenemos ni fórmulas
ni recetas.
Sólo podría decir que se trata de una modalidad
de funcionamiento que co –construimos gerundialmente:
estando -siendo, siendo -estando, en un devenir donde producimos
diferencias sin la figura de un saber instituido.
De allí puede nacer una inter-visión o sea versiones
que se entrecruzan o se suplementan en climas de libertad,
juego respeto y también puede surgir el placer de discutir
sin concesiones tanto la teoría como la praxis clínica.
El escrito nos permite la libertad de la reconsideración
del pensamiento y de las ideas y puede provocar una ruptura
en la ilación de lo rutinario, de lo encallado ya que
como decía anteriormente sólo se escribe en
los límites del propio saber y vaya este, nuestro homenaje
a la búsqueda del saber imposible.
El objeto se construye en un vínculo en una suerte
de precariedad permanente, donde lo importante es dejarnos
sorprender con el descubrimiento de un nuevo espacio en el
que nunca se estuvo. Dar sentido a ideas aparentemente irreconciliables
que nos buscan y aceptar que irrumpan.
Inscribir y desinscribir como un ejercicio de buceo es lo
que nos permite unir nuestras voces y nuestros pensamientos
a los del poeta chileno Gonzalo Rojas, premio Cervantes de
las letras hispanas 2003 cuando dice: “
Me siento
un aprendiz inconcluso. He llegado sin prisa apostando al
crecimiento sostenido .
Soy un galeote empedernido que
aún no suelta los remos”.
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