Localización
Horarios
Contactar
 
 

Presentación libro: PSICOANALISTAS, Un autorretrato imposible.

Anna Segura. Psicóloga, psicoanalista. Miembro de los Comités Directivos de iPsi, Centre d'atenció, docència i investigació en Salut Mental e iPsi, Centre de Formació Psicoanalítica.

El nacimiento de un libro y su presentación son siempre para mí una celebración por el esfuerzo del autor (las autoras, en este caso) por aportar su pensamiento a la comunidad. Los lectores, con su propia experiencia, desarrollarán lo aportado. Mauer, Moscona y Resnizky han escogido la combinación de la teoría, la clínica y las entrevistas a psicoanalistas para mostrarnos su idea acerca del psicoanálisis actual y del ideal de psicoanalista. Las autoras utilizan la palabra autorretrato para titular o definir el contenido del libro y autorretrato es un término utilizado sobre todo en la expresión visual, fundamentalmente pictórica. Influida por el título, en una primera lectura de la obra pensé que si fuera un cuadro, sería impresionista. Al principio, las pinceladas producen una impresión desdibujada hasta que, cuando uno toma la distancia suficiente, va apareciendo el objeto, en este caso, el psicoanálisis actual y los psicoanalistas.

La mezcla de entrevistas, recopilaciones y aportaciones teóricas y presentaciones clínicas hace que la lectura sea viva y amena, y que mantenga el interés del lector. En las entrevistas, los protagonistas aportan el color de los diferentes pensamientos y también el tono afectivo de su experiencia personal cuando responden a los diferentes temas que proponen las autoras, como, por ejemplo, qué es para ellos el psicoanálisis, cuáles son las características de su propia experiencia formativa y qué piensan de la formación, de la ética, del papel de la escritura, etcétera.

Para la presentación, he tomado un tema de interés para mí y para esta institución en estos momentos, y que coincide con uno de los ejes del libro: la formación del psicoanalista. Desde luego, no se puede desligar la formación del psicoanalista de la idea que se tiene de lo que es el psicoanálisis. En este sentido, el libro de Mauer, Moscona y Resnizky va en busca de esa identidad. El retrato que muestran las autoras de la formación psicoanalítica, es más uniforme de lo que cabría pensar ante la diversidad de concepciones del psicoanálisis. Efectivamente, la formación fundamental de los psicoanalistas se basa en el trípode clásico ya establecido hace casi 100 años: análisis personal, supervisión y seminarios. Una cuestión distinta es pensar el ideal de psicoanalista que se quiere alcanzar a través de la formación, y es en este punto donde aparecen los matices, aunque las autoras, con las ideas expresadas en las entrevistas y en el modelo psicoanalítico que describen, van perfilando su propio ideal.

Horacio Etchegoyen, por ejemplo, separa el psicoanálisis de la psicoterapia porque entiende que ésta consiste en modificar la conducta del paciente y no respeta la posibilidad de desarrollarse según la historia personal, que es aquello en lo que, para él, se basaría el psicoanálisis. El ideal de psicoanálisis y de psicoanalista de Etchegoyen es más puro e independiente de los avatares mundanos. En cambio, con respecto a este tema, Luis Hornstein no concibe el psicoanálisis fuera de la salud mental y nos muestra un ideal de psicoanálisis y de psicoanalista influido por el medio social, político y económico del país en el que se forma y trabaja. Hornstein dice que “un psicoanalista es una trayectoria de alguien que debate con la clínica, con los textos, con su análisis, con su vida” y cree que el analista debe identificarse con las exigencias de Freud de dar cuenta teóricamente de la realidad clínica.

En cuanto a la formación teórica, piensa que si los analistas tuvieran una base común freudiana, sería más fácil el entendimiento entre las diversas posiciones teóricas. Cuestión que personalmente estoy muy de acuerdo.

Hornstein considera que el psicoanalista debe pensar teniendo en cuenta su propia experiencia, sin someterse a los discursos oficiales, de esta manera podrá entender junto al paciente cómo fueron las cosas en su infancia y cómo las interpretó. En cierto sentido coincide con Jeannine Puget, para quien llegar a ser psicoanalista está íntimamente ligado al entusiasmo por lo imprevisible y lo desconocido de la clínica. “Para ser analista --dice Puget-- es imprescindible conservar la capacidad de asombro y desterrar las certezas”. Puget, en el psicoanálisis, prima el vínculo analítico –paciente /analista- siempre cambiante y distinto debido al trabajo vincular. Éste produce interrogantes en la clínica y en la teoría. Para Puget, cuando alguien se anquilosa en lo ya sabido y deja de hacerse preguntas, deja de ser analista. Cercano a ese pensamiento, Isidoro Berenstein cree que el sujeto deviene sujeto en cada vínculo y, por tanto, el psicoanalista deviene psicoanalista con sus pacientes, con cada uno de una manera distinta, aunque no con todos. En este sentido, el psicoanalista ideal es aquel que se presta a ser alguien que también va a cambiar en la relación con el otro.

De manera distinta pero con puntos en común, Leonardo Wender opina que el proceso de devenir psicoanalista “es interminable porque en él, el individuo deviene y des-deviene analista; deconstruye y reconstruye sus ideas, sus teorías, su manera de actuar”. Wender piensa que el trípode clásico que actualmente sostiene la formación del analista es la evolución de un oficio antiguo: escuchar a otro ser humano que encuentra en ese acto comprensión y alivio. Por eso da mucha importancia a la capacidad del analista de evolucionar y no aferrarse defensivamente a las teorías. Según este autor, llega un momento en el que el analista se siente suficientemente capaz de atender diferentes patologías con autonomía, y ese momento podría ser el punto de partida de ser psicoanalista. Wender habla de un “impulso de transmisión” que culmina un proceso y entonces, el analista desea compartir y enseñar sus conocimientos a otros colegas. Propone llamar análisis de formación al actual análisis didáctico porque cree que este término denota adoctrinamiento y el análisis del analista debe ser lo más terapéutico posible.

De forma muy distinta, Betty Garma nos describe un momento histórico del desarrollo inicial del psicoanálisis en Argentina en el que la formación era bastante menos exigente que ahora. Para ella, pionera del psicoanálisis de niños, “hay dos cosas básicas para la formación de un analista: un análisis personal bueno y profundo, y la supervisión que enseña a analizar, porque permite que uno aprenda del paciente y del supervisor. Los libros ayudan, por supuesto, plantean problemas, pero –dice Betty Garma-- muchas veces se van de teoría. La teoría tiene que salir de la clínica. Y si no hay buena clínica, no puede haber una teoría consistente”.

El diálogo con Raúl E. Levín muestra una parte del retrato quizás más íntima, ceñida a las características personales del psicoanalista asociadas al respeto por la verdad. Levín considera que ser psicoanalista implica cierta particularidad constitutiva desde la infancia que se relaciona con una toma de posición ética ante la revelación de las formaciones de lo inconsciente. En este sentido, considera que todas las intervenciones psicoanalíticas son psicoanálisis porque éste se define a partir de la experiencia del psicoanalista y se sostiene en los fundamentos de la teoría. Levín habla de psicoanálisis como vocación de origen infantil en cuanto al respeto por las manifestaciones de lo desconocido de uno mismo.

Hasta ahora he hablado de lo que las autoras explican a través de estos analistas, pero quizás vale la pena pensar en sus opiniones personales. En el capítulo 2, las autoras dicen que el trabajo del analista es “recuperar la historicidad constitutiva de la realidad psíquica, teniendo en cuenta que el sujeto accede, en el espacio relacional que lo constituye, a un universo simbólico que lo antecede”. Y muestran el caso de Ana, una muchacha a la que el análisis permite curarse al construir su propia subjetividad. Junto a esta formulación, ligada al concepto de psicoanálisis como proceso de construcción y reconstrucción subjetiva, me han parecido muy interesantes las ideas desarrolladas en el capítulo 4, sobre Dispositivos clínicos, en el que las autoras establecen la diferencia entre proceso analítico y tramo analítico. Explican teóricamente las intervenciones psicoanalíticas, diferenciándolas del proceso psicoanalítico, sin que por ello dichas intervenciones pierdan capacidad terapéutica y psicoanalítica. Siguiendo a Renée Kaës, dicen: “Un trabajo de tipo psicoanalítico debe hacerse allí donde surge el inconsciente: de pie, sentado, recostado, individualmente, en grupo o en familia, en todo lugar donde un sujeto puede dejar hablar a sus angustias y fantasías ante alguien de quien supone las escucha y a quién supone apto para dar razón de ello.”

Cierran dicho capítulo diversas intervenciones psicoanalíticas muy interesantes: el caso de una familia desestructurada, el de tres hermanos huérfanos por una catástrofe y el de una chica anoréxica. En esas acciones terapéuticas muestran una clínica por tramos que se realiza bajo el método psicoanalítico. Según las autoras, el psicoanálisis, como otras ciencias y aconteceres, se desarrolla a partir de los límites de sus posibilidades, y ambas maneras de trabajar, el proceso y el tramo, son psicoanálisis.

Del libro se extrae un ideal de psicoanálisis y de psicoanalista ligado a la salud mental, un psicoanálisis interdisciplinar y libre en cuanto a las pertenencias teóricas, creativo e influido por lo que le rodea, que asume la ética como una práctica basada en la responsabilidad y el compromiso con la verdad y el deseo. Este compromiso privilegia en la clínica la producción de subjetividad, la singularidad y las diferencias.

Y la verdad es que uno se pregunta qué tipo de formación será necesaria para que el psicoanalista resultante tenga esas cualidades. Y no es fácil responderse. El trípode clásico formativo no me parece cuestionado por la pregunta. Se puede cuestionar qué tipo de análisis, supervisión y seminarios son necesarios para que alguien se sienta comprometido con la salud mental y con la verdad, no se sienta demasiado apegado a las teorías y sea capaz de compartirlas con las de otras disciplinas, sea dúctil, creativo y capaz de hacer abstracciones en la práctica clínica. Quizás lo que se pone de manifiesto es sobre todo la salud mental del analista. Alguien que es tolerante y respetuoso con el otro, que es capaz de pensar libremente y actuar en consecuencia, que es creativo y capaz de hacer abstracciones de su práctica, que está comprometido con la salud y la verdad, es alguien que como ser humano se ha desarrollado mucho y está sano. Un primer punto sería, pues, reflexionar sobre cuál es el grado de desarrollo y salud mental necesarios para ejercer el psicoanálisis. Y si es posible alcanzarlo a través de los, así llamados, análisis didácticos.

Otra cuestión son los seminarios de formación y la supervisión. Hornstein dice en el libro que para él, “devenir psicoanalista fue una carrera de obstáculos para llegar a Freud” ya que en el contexto institucional en el que se educó, Freud era un autor superado. Desde luego que una formación que no vincule las bases teóricas psicoanalíticas a las que sostienen el psicoanálisis no debe facilitar el pensamiento libre. Para pensar con libertad deben conocerse las teorías tal como fueron creadas para después entender los distintos desarrollos. Lo contrario es como construir un edificio sin estructura: si tocas una pared, cae todo y, en consecuencia, no puede tocarse nada, todo debe quedar intacto. A veces, las instituciones repiten cual letanías religiosas los distintos conceptos, a través de los siglos, amén.

El compromiso del psicoanálisis con la clínica actual es un motor de desarrollo que el libro asume. En cuanto a la formación, es fundamental que el estudiante esté en contacto directo con los problemas reales de la clínica para poder entender y comprometerse con ella. Un psicoanalista de salón difícilmente se acercará al ideal de psicoanálisis que se dibuja en este libro y que personalmente comparto.

Y en cuanto a la supervisión, que ocupa un capítulo del libro en el que se describen las distintas maneras de definirla y denominarla, una conclusión interesante a la que llegan las autoras es: “La verdadera demanda de supervisión nace de la soledad del analista en su acto y de la consideración de los obstáculos que éste supone”. Por lo tanto, parece que el aprendizaje a través de la supervisión se da como un añadido natural, en el sentido de que uno siempre aprende en el vínculo con alguien que le ayuda.
Después de estas pinceladas que permiten esbozar el contenido del libro, pienso de nuevo en el título y me parece que más que un autorretrato imposible el propio psicoanálisis es, como ya sabemos, una profesión imposible.


<< Volver al Índice


© iPsi
web realizada por MediTecnologia
última actualización:17/04/08