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Presentación libro: PSICOANALISTAS, Un autorretrato imposible.

Mª Elena Sammartino. Psicóloga, psicoanalista.
Miembro de GRADIVA, Associació d’Estudis Psicoanalítics. Docente de iPsi, Centre de Formació Psicoanalítica.

Tarea compleja la que me he propuesto: glosar para ustedes. un libro inteligente y sutil, que dice al mismo tiempo que se desdice y propone con certeza en el mismo punto en el que toda certeza es cuestionada. Es este un libro que produce al lector ingenuo una extraña sensación de andar perdido. El caminante ilusionado que se interna por primera vez en el bosque de Psicoanalistas. Un autorretrato imposible, pronto descubre que los senderos se bifurcan una y otra vez y que ha de dejarse llevar, impactar, por las luces y las sombras, los colores y texturas, los contrastes, los enigmas y las paradojas.

A poco de andar se descubre que el texto está poblado de pequeñas joyas, de reflexiones sabias; que se ha de ir pausadamente, deteniéndose a identificar las resonancias que cada idea convoca en uno mismo, como si paso a paso se pudiese ir penetrando en el corazón del bosque y participando de su caos esencial, disfrutando del camino que se hizo al caminar. Porque finalmente uno puede llegar a imaginar al escribiente: tres mujeres lúcidas, largas horas de intercambios y lecturas en un clima de creación y placer intelectual, en un juego al que se juega con toda la profunda seriedad con la que juega un niño en su intento de dar sentido y representación a lo incomprensible, es decir, de consumar una operación simbólica.


¿Y de qué trata este libro?


Yo diría que es un libro que se propone hablar acerca de la verdad y de la ética. Pero me estoy adelantando: esta convicción se va tejiendo a lo largo de la lectura de cada uno de los capítulos que deja, más allá de un saber, siempre un plus, un sesgo que atraviesa toda la obra y que sólo puede resignificarse cuando se accede al final.

Es también sobre el final cuando las autoras develan, en un estudiado “après coup” la pregunta que supuestamente desencadenó el proceso de creación, “¿qué le pasa al psicoanalista?”, y también el resultado de esa búsqueda plasmado finalmente en el título: Psicoanalistas. Un autorretrato imposible. No cabe duda de que ese título es un hallazgo. Enigmático como tal, en realidad esconde en la paradoja de contener su propia negación, el resultado de un largo proceso de pensamiento. Pero no hay siquiera unas palabras introductorias que den cuenta de ello y develen el enigma: la palabra es cedida a otras voces. Por otra parte, las autoras exigen del lector interesado una permanente metalectura que se desprende del uso de recursos literarios que afectan a la estructura de la obra: escenifican allí lo imposible del retrato propuesto, tan abierto, retroactivo y polifónico como el inconsciente mismo.

Desde el comienzo, la materia y la forma del libro se develan mutuamente. La destitución del sujeto omnisciente y el reconocimiento de los límites del propio discurso, a la vez que se denotan por la palabra, se connotan en el acto mismo de ceder esa palabra a otras muchas voces que poblarán la obra desde su misma introducción: primero, Santiago Kovadloff y más tarde Rafael Paz. La profundidad de esas páginas preliminares no cierran, sin embargo, la riqueza que aporta el coro de voces que acaban configurando la obra: una y otra vez las ideas de Susana Mauer, Silvia Resnizky y Sara Moscona -cuidadosamente elaboradas en su forma y en su fondo- se abren al decir de otros psicoanalistas: Horacio Etchegoyen, Betty Garma, Janine Puget, Luis Hornstein, Leonardo Wender, Isidoro Berenstein y Raúl Levín.

En esa generosa apertura se lee en acto una convicción de fondo: “para ser verdadero, un discurso no tiene por qué ser excluyente de otras discursividades” -dicen-, “la verdad no es reductible a un concepto que la contenga por entero y para siempre. Entre la verdad y el concepto no hay simetría”.

“La palabra no puede agotar la idea de lo verdadero, sólo puede bordearla, porque lo real no se deja atrapar en forma exhaustiva por el discurso”. Palabras textuales acerca del primer tema del libro: la palabra, y tras ella, la escritura del analista.

En un escrito como éste, en el que se pone en jaque al dogmatismo y al saber constituido, no es extraño que se comience por cuestionar la escritura misma en sus vertientes ilusorias:


1º- el creer que la palabra podría suturar la fisura que la separa de la cosa y abarcarla por completo,

2º- la certeza de que a través de la escritura el sujeto podría afirmar su propia presencia de forma inequívoca.

Ambas ilusiones olvidan el carácter alusivo y metafórico de la palabra, y las infinitas interpretaciones que puede generar un texto escrito, especialmente, si en el texto hay verdadera creación, es decir creación “como un movimiento que lleva a tomar contacto con procesos psíquicos primarios que son los que formarán el núcleo organizador de la obra artística o teórica”, así se expresan las autoras.

Y yo me pregunto: ¿es que no hay diferencias sustanciales entre el analista que escribe y el poeta?
Inmediatamente pienso en Flaubert que decía que “no hay bellos pensamientos sin bellas formas”. Y también en Freud, que mientras escribía el libro de los sueños, comenta a Fliess: “dentro de mí se oculta en alguna parte cierto sentido de la forma, una apreciación de la belleza como una especie de perfección, y las tortuosas sentencias de mi libro de los sueños, pavoneándose con su fraseología indirecta y retorcida, apta apenas para soslayar la idea, han herido cruelmente un ideal que llevo en mí”.

Pero Freud era un gran poeta en prosa, dueño de una técnica novelística impecable en el relato de sus casos clínicos, siempre dispuesto a la metáfora y al símil, incluso en ese libro de los sueños. Recuérdese no más la fuerza poética con que nombra el deseo más secreto que vehiculiza el sueño, lo llama “la hija de la noche”. Probablemente el destino del psicoanálisis hubiese sido otro si Freud no hubiese sabido conectar tan hondamente con sus lectores a través de su capacidad para la creación de un lenguaje poético, evocador y metafórico.

“La poesía pone al lenguaje en estado de emergencia”, decía Bachelard (La poética del espacio) y abarcaba con esa metáfora “todos los sentidos de la palabra emergencia: la poesía rescata al lenguaje del ahogo en que lo hunde la cotidianeidad; al romper sus moldes lo hace emerger, nacer como si fuera nuevo [...] conmociona al lenguaje, lo expone, lo arriesga, lo hace renacer” dice Schnaith.

Pero volvamos a nuestra pregunta: ¿es que no hay diferencias sustanciales entre el analista que escribe y el poeta?

Mauer, Moscona y Resnizky abordan este interrogante a partir de la experiencia que ambos viven en el proceso de creación y afirman que esa experiencia los asemeja. El analista que escribe “no difiere en sus angustias ni en sus placeres de la de un poeta, novelista, ensayista, dramaturgo. Las distancias entre escritura artística y analítica, desde el punto de vista del proceso creativo, son infinitamente menores de lo que quiere suponer el clínico positivista o el artista romántico. En ambos hay cierta obstinación e insistencia puesta en la precisión del concepto y en la estética del lenguaje”.

Yo añadiría que esa obstinación es uno de los tesoros que acuña el libro que ellas han escrito pero que, lamentablemente, no es una constante en la literatura psicoanalítica. Muchos analistas han perdido de vista el legado de Freud, olvidando que la dimensión literaria de un ensayo psicoanalítico ayuda a vencer las resistencias y a conectar más profundamente con las ideas.

Más allá del proceso creativo, que acerca a la poesía al psicoanalista que escribe, las autoras señalan que para él, hay un valor más radical que la escritura, que es la clínica. Pero también la clínica es recreada por la escritura, que no reproduce sino que construye y transforma la experiencia clínica. “Escribir es retranscribir -dicen-, producir un texto que abra a nuevas y sucesivas retranscripciones” tanto como a una construcción colectiva de la teoría psicoanalítica.

Y de la creación literaria, el libro pasa a ocuparse de la creatividad en el vínculo analítico. También allí se hace posible la retranscripción y la reescritura. Al resignificar la historia del paciente en el marco de la transferencia se va rompiendo la tendencia a la repetición a la vez que se promueve la diferencia y la creación.

Esta concepción es en realidad la propuesta que atraviesa todo el libro al confrontarse con cada uno de los espacios que el analista puebla: la sesión y sus dispositivos, la transferencia, el propio inconsciente del analista, sus sueños, la ideología, el espacio de la supervisión.

Así, al abordar el espacio de la supervisión, las autoras afirman que el pensamiento creativo, aquel que acepta la irreductibilidad del objeto al saber, ha de ser el pensamiento predominante y que en la supervisión ha de abrirse la oportunidad del descubrimiento evitando la parálisis que conlleva la idealización.

En cuanto a los dispositivos clínicos, se reflexiona en el libro acerca de los cambios necesarios en la concepción de la cura a partir de las nuevas construcciones subjetivas que produce la cultura actual. Las autoras proponen que el dispositivo sea una construcción conjunta analista-paciente para cada tramo de la terapia y acentúan en cuanto al encuadre la especificidad de cada análisis.

Se apoyan en Kaës para defender la nominación de trabajo analítico para el momento en el que surge el inconsciente, independientemente de las características del encuadre. Asimismo, recogen el pensamiento lacaniano para hacer recaer la condición del análisis en la presencia de un analista que estimule la emergencia del inconsciente, conduzca la cura y sea el soporte del dispositivo analítico en la transferencia.

Transformación y apertura, por lo tanto, en cada uno de los ámbitos en que el analista despliega su oficio: cuando reformula su experiencia a través de la escritura, cuando concibe múltiples dispositivos para dar cabida a distintas realidades clínicas. Creatividad, diferencia y pluralidad en el vínculo transferencial, en la relación entre supervisando y supervisor, en el encuentro con otros discursos y con otras disciplinas.

Este cuerpo teórico del texto, constituye un andamiaje ético muy sólido que se potencia y dialoga con otras voces, crece en espiral a medida que se van intercalando entrevistas en las que se urge al invitado a definir sus posiciones acerca del ser y el devenir del psicoanalista.

La fuerza de la palabra de Janine Puget sostiene sin fisuras la apuesta por la creatividad y la apertura. He aquí algunos de sus pensamientos: ”Se deja de devenir analista cuando priman los pensamientos estereotipados, la repetición” cuando hay “encierro en un marco teórico” o cuando “el analista ya no tiene ideas nuevas con un paciente”.

“Sólo se deviene analista con otros y la relación con cualquier otro provee un permanente terreno de interrogación y novedad, dado que un vínculo, sea con pacientes, con teorías, instituciones, etc., depara un contacto con lo imprevisible, con lo ajeno, con la sorpresa”. Recojo finalmente otra de sus agudas afirmaciones: “para ser analista es imprescindible conservar la capacidad de asombro y desterrar las certezas”.

El diálogo con Luis Hornstein acentúa y despliega aún más el ataque frontal a la inmovilidad y al dogmatismo a la vez que subraya la necesidad de poseer unas raíces fuertemente ancladas en tierra para poder volar. Estas son sus palabras: “Para mí, devenir analista siempre fue una carrera de obstáculos para llegar a Freud. Primero fue Klein y después Lacan.” Se pregunta, entonces, qué lugar ocupa la obra de Freud en la formación de un analista y considera que cuando los conceptos fundamentales de Freud no están bien instalados “el recuerdo y la reelaboración son sustituidos por reminiscencias.....nociones vagas en lugar de conceptos claros. Esta falla dificulta el diálogo entre psicoanalistas por falta de un bagaje conceptual común que posibilite un intercambio productivo. Un psicoanalista hereda una tradición. El núcleo de ella es una identificación con Freud, pero no una identificación con la persona de Freud sino con su modalidad de interrogación, sustituyendo la idealización por la identificación. Sólo desde esta aproximación se torna factible pensar a partir de Freud. Ser heredero ¿significa administrar un patrimonio inalterable o ponerlo a producir? Lo instituido produce slogans, que se ofrecen como puntos de certeza identificatorios y que deben permanecer inmutables. Los slogans son una contrainvestidura restitutiva de un proceso de pensamiento atacado”.

No se me escapa el hecho de que mi propia sintonía con el pensamiento de Hornstein y de otros entrevistados produzca un sesgo en la elección de los temas por los que va atravesando mi lectura de este libro, indudablemente necesario en el panorama actual del Psicoanálisis. Pero creo ser imparcial al considerar que ese sesgo coincide con la propuesta que la obra mantiene a lo largo de todo su recorrido.

La complicidad y el enriquecimiento mutuo entre la palabra de las autoras y la de sus invitados acaba sedimentando en la mente del lector como un pensamiento único, como una propuesta ética sin fisuras que, a fuerza de evocar las propias resonancias compartidas, exige ser aceptada sin cuestionamiento alguno. Y aquí el libro vuelve a reencontrar la paradoja de plantear de forma inapelable una verdad: que la verdad no es única ni absoluta.

En palabras de Derrida –crítica a Levinas-, “La coherencia ética rompe la coherencia del discurso sostenido contra la coherencia absoluta”.

Las autoras lo perciben, hablan de la paradoja que encierra la necesidad de una “ética universal que por su mismo carácter de universalidad corre el riesgo de adquirir la forma de un saber absoluto”. Proponen, entonces, teorizar dos formas de la ética: la que se encierra en un discurso dogmático y la que se propone en un discurso hipotético que obedece a la lógica de la incompletud.

Pero bien decía Winnicott que hay paradojas que han de aceptarse así, sin cuestionarlas. Y en esta dirección las autoras finalmente constatan que “Conocer las propias limitaciones no elimina el anhelo de totalización al cual, nos vemos como sujetos, desafiados una y otra vez”. Aquí nuevamente la sorpresa que depara este libro cuando se interpela y describe a sí mismo en ese intento de autorretratar al escribiente que está componiendo el retrato: el texto interpreta a sus autoras, siempre lúcidas y atentas a las propias formaciones inconscientes que pudieran faltarse en su obra.

Frente al anhelo de totalización, de posesión de una verdad absoluta, el libro propone un estado de autovigilancia crítica del psicoanalista, y en este sentido, Susana Mauer, Sara Moscona y Silvia Resnizky nos evocan a las Erineas de la mitología helénica quienes -a partir de Homero- no sólo tenían por misión vengar los crímenes familiares sino también castigar los excesos que tienden a hacer olvidar al hombre su condición de mortal. Las Erineas prohibían a los adivinos y profetas revelar con excesiva precisión el futuro, es decir, liberar a los humanos de su incertidumbre y asemejarlos en demasía a los dioses.


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última actualización:17/04/08