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Jornada de trabajo interdisciplinar: Acompañamiento terapéutico.

Andrea Rodríguez y Natividad Rodríguez. Paulet Grafittis en un muro construido con ladrillos de diferencia

Primeros trazos

Es nuestro deseo, a través de esta presentación, acercarles algunos recortes de nuestra experiencia de trabajo. Somos coordinadoras de un espacio lúdico para personas con trastornos mentales graves, que se desarrolla en el espacio una asociación de padres.

Cuando nos invitaron a participar en estas Jornadas dudamos mucho si nuestra tarea se enmarcaba bajo el título de “acompañamiento terapéutico”. De hecho seguimos dudándolo, pero esperamos que en este desarrollo podamos argumentar el porqué estamos aquí y ahora dirigiéndonos a vosotros. Si bien el dispositivo con el que trabajamos no es el del acompañamiento terapéutico, nuestra tarea es acompañar y nuestro modo de acompañar no deja de tener efectos (ya evaluaremos si son terapéuticos).

El Espacio lúdico nace como proyecto de la presidencia de la asociación de padres. De su prehistoria, porque no hay registro escrito de su nacimiento, los únicos datos que pudimos obtener son: Fue coordinado por la vicepresidenta de la asociación, no funcionó como se esperaba, era muy trabajoso llevarlo a cabo y se consideró que la ausencia de usuarios se debía a que era un lugar coordinado por alguien conocido y a la vez allegado a sus padres.

Heredamos de esa breve historia, la demanda y un proyecto-guión escrito por la vicepresidenta del cual debíamos ser los actores: Construir un dispositivo para paciente graves diferente a los que ofrece la Xarxa de salud mental. Considerando que los recursos de la Xarxa no responden enteramente a las necesidades de estos pacientes porque no tienen un espacio donde pasar tiempo, más allá de centros u hospitales de día con grandes listas de espera y en los cuales no se aceptan a todos los pacientes sino solo a los que responden al perfil de la institución. El espacio debe funcionar UN día del fin de semana, porque en estos días quienes padecen de enfermedad mental grave se quedan encerrados en su casa. Debe contar con actividades lúdicas y de ocio, para movilizar al aislamiento, al encierro en delirios y miedos, menguar el padecimiento del rechazo social y el estigma de la enfermedad mental. A la vez subsanar la pobre circulación social y lazos personales escasos de esta población. Además debe ser un lugar de encuentro en el cual se generen relaciones sociales productivas, fomentar sentimientos de pertenencia, tener un objetivo de rehabilitación y por sobre todo ayudar a disminuir el stress y la carga familiar ¡¡¡¡¡ Menuda faena!!!!!!!!

Accedemos al pedido. O casi...al pedido de abrir un lugar de encuentro para personas con enfermedad mental grave, el resto lo iremos viendo en el camino. Lo primero que avistamos en el horizonte es que pacientes con trastorno mental grave era sinónimo de psicosis, ya que nuestros usuarios tienen una estructura psicótica y no contamos entre ellos con ninguna neurosis, ni trastornos limítrofes. Con lo cual nuestro tiene en su paisaje los mecanismos de la psicosis.


Mezclando colores

Aceptamos la demanda, en esta presentación pretendemos tamizarla, para poder explicar su transformación en lo que actualmente llevamos a cabo.

El primer interrogante que se nos plantea es con el título del proyecto, ya podrán imaginar que si el título nos hace interrogarnos nos hemos pasado estos 9 meses de experiencia dudando, en fin...volviendo a lo que nos atañe: El título es espacio lúdico. Lúdico del latín ludus, juego. ¿Cómo proponer un espacio de juego a quienes no juegan?

El juego es posibilitado la versatilidad del sistema simbólico: implica ubicarse en roles, metaforizar objetos, realizar ecuaciones. En síntesis es la posibilidad de poner en escena, una otra escena en un “como sí”. Para los psicóticos está posibilidad está mermada, ilustrado con transparencia por las dificultades frente a bromas, los segundos sentidos y el juego de palabras. De ahí las múltiples anécdotas con pacientes: Desde el que responde a la pregunta: cómo te encuentras? Con cara de asombro diciendo: sentado. Es que no lo ve? Al paciente que se ponía las pilas sujetando dos duracell larga duración. La significación es concreta. Sin deslizamientos simbólicos o con muy escasa movilidad, o bien su polo opuesto, del cual da cuenta la verborragia de la manía o la enumeración de algunas esquizofrenias, el significado no se fija en ningún sitio, sino que es un desparramo de palabras que no significan nada, que no se anclan en ningún punto.

En las psicosis tenemos la cristalización de las significaciones, la imposibilidad de deslizar el sentido, de simbolizar y trasladar esta simbolización de un objeto a otro.

Mientras que la neurosis estaría en su campo, con sus metáforas, los múltiples sentidos, los equívocos, el intercambio de roles, las bromas, en el campo del juego de palabras y del juego en si. Mientras que en el suyo la psicosis siembra el neologismo, portador de un significado único, irreducible, las certezas del delirio, inconmovibles, la concreción del lenguaje en los objetos. Entonces, ¿Cómo plantear un lugar lúdico? ¿De qué modo plantear el juego a quienes carecen de otra escena que poner en juego salvo lo real? Evidentemente si hubiésemos de plantearlo sería en otros términos.

Esta es la primera dificultad, enfrentarnos a analizar cual es el juego que podemos plantearle a un grupo de pacientes psicóticos, en mayoría esquizofrénicos.

Pariente cercano de esta pregunta es la que sigue: ¿Qué es el ocio para estos pacientes? Porque si bien el juego se relaciona con el ocio no es lo mismo, sino que es una de las posibilidades de hacer en ese tiempo, en el que no se está exigido por las tareas cotidianas. Nuestros usuarios no trabajan, actualmente son 20 y solo dos de ellos trabaja. ¿Este tiempo sin trabajo es tiempo de ocio?, Si así no fuera, ¿Qué es el ocio para ellos? Por otra parte, una gran parte de ellos asisten a Centros u hospitales de día. ¿Eso debería leerse como ocio o trabajo? ¿Cómo sería crear un lugar alternativo?

En tercer lugar nos preguntábamos como se conforma un grupo de pacientes con diagnóstico de psicosis, cuyo rasgo característico suele ser la reintroyección de la libido al yo en desmedro de los objetos, donde los lazos que suelen surgir están signados por la paranoia y la erotomanía, donde no existe el marco común de la significación neurótica, en la cual las significaciones singulares están ocultas por la represión, mientras que en la psicosis la significación particular y absolutamente singular está a la vista.

Y por último el objetivo de rehabilitar. Se nos pide separar, hacer un grupo de personas con cierta patología, para integrar. Vaya paradoja. ¿Qué implica rehabilitar? ¿Cómo se puede lograr eso? ¿Cual sería el lugar para el psicótico en la sociedad?

Manos a la obra... pintando y repintando

Iniciamos nuestras actividades, sin desconocer el trabajo con la psicosis pero si para la particularidad del caso: en un dispositivo grupal, en otro marco cultural y con una demanda enorme.

Comenzamos a trabajar del modo que sabemos: dándole la palabra a los usuarios, cambiando el rol usual del psicótico que es ser apelado y poco escuchado para ofrecer un lugar de escucha y toma de decisiones.

Y también con lo que no sabemos: a diferencia de los espacios individuales de entrevista o psicoterapia, nos encontramos con que darles la iniciativa de la palabra producía mucha angustia y que preferían guardar silencio esperando que se les de alguna consigna a realizar. La falta de un Otro que elija, regule y proponga era causa de inquietud y malestar. Por supuesto esta ansiedad se acrecentaba al no ser un espacio íntimo sino que lo que se dijera sería escuchado por el grupo.

Exploradoras pero no necias, decidimos cambiar de estrategia. Llenar el vacío que angustiaba y provocaba malestar aunque conservando la idea de que ellos tuvieran poder de decisión sobre las tareas y las actividades, pero no tan abruptamente y de un modo que los prevenga de la suspicacia y persecución.

Pensamos trabajar la toma de decisiones y participación de un modo más gradual e íntimo. Para ello implementamos 2 maniobras:

1. Una entrevista individual con cada uno de los usuarios, para conocerlos mejor y al mismo tiempo que nos conozcan, que conozcan nuestros objetivos, nuestros modos de trabajar y por sobre todo nuestras intenciones (no ser para ellos un ser oscuro de intenciones indefinidas)

2. Por otra parte propusimos juegos grupales en los que todos puedan participar, de modo de consolidar el grupo, que se conozcan entre ellos y que se pudiera generar un intercambio entre ellos y nosotras.

Las entrevistas nos dieron material acerca del delirio que los concernía, del historial de su patología, de la medicación que toman y sus múltiples avatares en los tratamientos, pero poco acerca de sus intereses, de lo que podría generarles deseo o acerca de qué les gustaría llevar a cabo.

Si bien no encontramos demasiadas áreas de interés, que posiblemente con un trabajo individual más profundo se podría encontrar, localizamos un área que no generaba mayores conflictos con ninguno de ellos: los juegos de reglas.

De este modo tomamos los juegos reglados como la tarea común para conformar el grupo. Deducción lógica que a la que solo pudimos arribar por la empiria. El psicótico tiene dificultades para el desarrollo de juegos simbólicos pero no para los juegos de reglas.

Los juegos reglados tienen una ley externa que los delimitan, no suponen roles sino tan solo seguir las normas, no suponen deslizamientos simbólicos ni metafóricos. Las reglas del juego no están libradas a la interpretación individual, están escritas y a disposición en lo concreto. Y además de todo ello es una ley que regula sus relaciones, un marco común del que no disponen para el intercambio es prestado ortopédicamente, con esas simples reglas todos se entienden, se habla de lo mismo.

Los neuróticos poseemos un marco común, significaciones compartidas que nos sirven de regulación de las relaciones, es lo que llamamos sentido común, que por cierto tiene mucho de sentido pero poco de común, es nuestra locura social, locura con quorum. Eso nos da la agradable sensación de que nos entendemos, de que hablamos de lo mismo y respondemos a las mismas cosas. Nuestros sentidos y significaciones más singulares están velados por el mecanismo de la represión.

La psicosis carece de este mecanismo, las significaciones de cada sujeto están descubiertas, por eso nunca le pediríamos a un psicótico que asocie libremente, sus palabras ya están asociadas libremente, libres de represión, aunque están presentes otros mecanismos.

Ello dificulta la constitución de relaciones ya sea entre psicóticos y neuróticos, como entre psicóticos. No nos resulto sorprendente encontrar que varios usuarios se quejaban de la “locura” de los otros usuarios, cuando ante nuestra neurótica visión era tan loco el pensamiento del uno como del otro. Por supuesto no compartían ninguna enmarcación común, así como nosotros tampoco pero lo podemos significar desde nuestro sentido común que limita nuestra singularidad.

De este modo los juegos reglados aportaban este marco, funcionando a modo de regulación y delimitación de relaciones, una ley común e igual para todos, donde las significaciones rígidas se imponen desde un afuera.

Poco a poco los usuarios comenzaron a pedir más actividades, llamativamente estas parecían asemejarse más al trabajo que al ocio: realizar actividades manuales, formarse en informática, analizar textos, realizar tareas que les permitan una preformación laboral. Nos encontrábamos frente a un concepto de actividades de ocio que a nuestros oídos poco tenían de ociosas, por supuesto que el ocio se define por oposición al trabajo ¿y cuál es el trabajo de nuestros usuarios? Tal como comentamos al principio solo dos de nuestros usuarios trabajan, a través de un centro de ocupación especial. El resto de nuestros usuarios utiliza su tiempo en un estar angustioso. Entre nuestros usuarios dos son los modos predominantes de ese estar:

El primero es estar lidiando con los fenómenos que se le imponen en sus síntomas, así que pasan su tiempo controlando, luchando, interpretando sus alucinaciones, trabajando para el delirio, buscando modos de hacer más soportables estos fenómenos, estando atentos al momento de su aparición o desaparición.

La segunda modalidad consistía en no hacer nada, delirios y alucinaciones desaparecidas por la medicación, y la aparición de la abulia, la falta de interés, problemas en la concentración, la apatía, que induce a nuestros usuarios a un no hacer nada con una conciencia penosa de que ya no se es el mismo y que tareas que antes resultaban normales y sencillas ahora se vuelven una faena imposible.
Sin trabajo al juicio de la sociedad pero extremadamente ocupados desde su individualidad.

Estas dos modalidades no nos resultan extrañas, acostumbradas al trabajo individual con este tipo de patologías, claro que el dispositivo y los objetivos de la psicoterapia individual son distintos. En este se procura trabajar junto al paciente en el tratamiento de sus síntomas, trabajar con él para hacer más soportable lo que padece. O sea es proponer ayudar en su propio trabajo. Pero nuestro objetivo es el ocio, lo placentero, no ponerlos a trabajar que para ello tienen otros espacios.

De este modo nos planteamos que si lo que los ocupa son sus síntomas, armar un espacio en donde ese trabajo se pueda si bien no dejar de lado, minimizarlo, aunque sea por un rato. Eso sería un tiempo de descanso de sus tareas habituales.

Hablamos de minimizarlo, que no es lo mismo que dejar por fuera. En nuestro espai no se trata de dejar por fuera lo que los ocupa, ni de sancionar cuando un usuario quiere hablar de lo que le pasa, aunque ello amenace con romper la dinámica grupal, no se trata que dejen los fenómenos que los aquejan en la puerta, ni de procurar que se comporten totalmente adaptados y dentro del marco propuesto, es decir nuestro espai no propone recibir lo que se suele llamar la parte sana del yo, sino alojar al sujeto. Se trata más bien de hacer con eso y a pesar eso. Se trata de intentar que el trabajo de la psicosis quede un poco de lado por la realización de una tarea conjunta, pero eso implica también que queden de lado los esfuerzos por frenar lo que se les impone para intentar disimularlo en una de supuesta “normalidad” esperada.

Nuestro rol se definiría como una sutil presencia, que cobra importancia por momentos, en donde hay disrupciones, aun así dentro la aparente pasividad hay una marcada actividad en dejar oportunamente un espacio vacío para ser llenado con sugerencias, en callar para que surja de entre ellos una voz cantante, de abrir espacio para el despliegue de la subjetividad, asimismo como cerrar las puertas cuando algo viene a romperlo todo, separar para volver a unir, prevenir frente a lo que puede ser nocivo, significar algo dicho por un usuario que incomoda a los demás como broma, o algo dicho al pasar, procurando que las fisuras no se vuelvan grietas.

La modalidad de trabajo de a dos nos permite llevar a cabo este objetivo. Mientras una de nosotras coordina la tarea, la otra está a disposición de lo que pudiera surgir. Así si un usuario rompe con la tarea o interrumpe la dinámica grupal por una alucinación que lo acosa o una idea delirante que lo tortura se le propone hablar de lo que le sucede, pensar juntos que lo está afectando, de modo individual, intentar disipar esta irrupción, alojar su angustia y sus preocupaciones y evaluar si es posible tras esa breve intervención que continúe con su tarea grupal o si prefiere continuar con una charla íntima y que claramente lo hace irse del Espai más tranquilo.

En sus esfuerzos por hacer un lazo, que por cierto demanda muchos esfuerzos, se les ofrece un lazo de sostén, el cual no demanda exigencias, que es la escucha sin restricciones, el compartir lo que les sucede sin crítica, ni juzgamiento, ni mayores consecuencias. Y al mismo tiempo intentando encontrar las más cómodas herramientas que le permitan manejar eso que le sucede sin quebrar con todo y todos, a modo de instalar un modo de tratamiento de los fenómenos que padecen, que pueda aplicar en otros ámbitos grupales.

En el mismo sentido aboga el encuadre del Espai, es un espacio fijo, con horarios marcados que se intenta mutar lo menos posible. A la vez es un espacio de libre asistencia. No se les reprocha el no asistir, ni el retirarse antes de tiempo, ni el llegar tarde pero si se marca que se nota su ausencia. El concepto que lo sostiene hacer del espai un lugar de uso inmutable al que pueden recurrir a pesar de todo, que siempre está dispuesto a recibirlos, disipando las ideas que suelen surgir de daño, retaliación y persecuciones; y por otro lado fomentando el deseo de estar allí en desmedro del deber estar allí. La idea es no ocupar un lugar superyoico, ya que en la psicosis este está superpoblado, no solo por sus alucinaciones reprobatorias, sus delirios acusatorios sino también por el deber asistir a sus visitas médicas, el deber cambiar, el deber tomar la medicación, el deber mejorar sus deficits, el deber ser normal.

Aun en esta modalidad de “libre albedrío”, los usuarios nos llaman para avisar de sus ausencias, compartir problemas o preocupaciones: entrevistas estresantes, cambios de medicación, problemas familiares, nuevos síntomas que los aquejan. Indicios a nuestro gusto que el objetivo de funcionar como un lugar de refugio y tranquilizador se está construyendo.

Ahora bien, según la demanda inicial este no es nuestro objetivo, sino procurar un lugar de rehabilitación. ¿Qué es a nuestro entender la rehabilitación de un enfermo mental grave? ¿Qué es a nuestro entender rehabilitar? Según su acepción académica: Habilitar de nuevo o restituir a alguien o algo a su antiguo estado.

Tarea imposible si las hay cuando uno se encuentra frente a una psicosis desencadenada.

Es verdad que hay muchas instituciones con esta pretensión rehabilitadora que hacen hincapié en valores relacionados a la imagen social de la enfermedad mental, estos valores son: la improductividad, la vulnerabilidad, la dependencia y que en consecuencia es necesario reinsertar, normalizar.

Pero la otra cara de la verdad es que estas instituciones forman un micromundo del cual el psicótico no se inserta en la sociedad, y es más usual ver estos pacientes confinados a un centro de día u hospital sin mayor salida social que alguna otra cosa.

Se da respuesta a algunas necesidades y a una porción de la población destinataria pero no dejan de mostrar lo mismo que velan, que el psicótico no comparte nuestros lugares sociales, no hay en esta sociedad un lugar para la diferencia de lógicas si no es un lugar en los márgenes.

Para nosotras las alternativa es socializar. Según definición académica: Promover las condiciones sociales que, independientemente de las relaciones con el Estado, favorezcan en los seres humanos el desarrollo integral de su persona. Que paradoja fue encontrarnos con esta definición, dado que normalmente se entiende la tarea socializadora como adaptar al individuo a las normas de la sociedad y no su inversa.

Sabemos fehacientemente que no se espera que nosotras socialicemos sino rehabilitemos, o sea ayudemos a nuestros usuarios a enmarcarse en las normas sociales e integrarse en esta sociedad tal como está, de acuerdo su imaginario e ideales. Consideramos que esta tarea es imposible o al menos muy cara respecto del precio subjetivo a pagar, sin la intervención socializadora, de la cual estamos muy lejos. Algunas pocas veces es posible que se reeduque al psicótico para ingresar en esta sociedad neurótica, muy pocas afirmamos porque creemos que solo ocurre en los casos en los que esa respuesta es adecuada al deseo y sirve al paciente como tratamiento de su psicosis. Lo que encontramos con mayor frecuencia son pacientes recluidos en Centros u Hospitales o centros de trabajo especial. Desde nuestro punto de vista socializar es favorecer el desarrollo del ser y ese desarrollo poco tiene que ver con nuestra lógica neurótica. Desarrollo no se da la mano con reeducación, con poner la psicosis bajo la alfombra y pretender su neurotización, ni con forzar a compartir nuestros neuróticos ideales de vida: trabajar, casarse, ser útil, tener muchos amigos, ser exitoso, etc. A nuestro entender una tarea socializadora se basa en un proyecto individual que pueda llevarse a cabo, sea cual fuere, pero propio. A modo de ejemplo nos gustaría citar el de un paciente cuyas alucinaciones se componían de ver todo en puntitos, pequeños puntitos que se dispersaban y le impedían percibir. Realizaba una frustrada laborterapia, a la cual abandonaba constantemente porque no podía manipular las herramientas que se infinitizaban en puntos de colores. Fuera de todo marco institucional el paciente se propuso pintar, pintar puntitos. Algo que puede verse como opuesto a una tarea resocializadora, es poco productivo para la sociedad que se encierre a pintar puntitos. Nuestra tarea consistió en ayudarle a desarrollar su pintura, hablamos del impresionismo, nos asesoramos en técnicas de puntillismo. Al tiempo que su pintura evolucionaba, funcionaba como tratamiento de sus alucinaciones, estas iban decreciendo. Pintar nacía de sus fenómenos psicóticos, no de su parte sana, pero esto lo tranquilizo y le brindó una estabilización duradera. Esto es a nuestro gusto socializar, generar pacificación donde el malestar está presente, encontrar apaciguamiento en el malestar singular y social.

Y ese es nuestro próximo y dificultoso objetivo, más dificultoso aun por el trabajo grupal. Ir conformando un grupo donde se puedan desarrollar tareas de interés individual, convertir al espai no solo en un lugar donde alojarse sino también donde desarrollarse. Donde cada uno pueda hacer crecer su obra. Un objetivo ambicioso, demasiado ambicioso.

Los últimos retoques

Volviendo al inicio de esta presentación, creemos que estamos hoy en estas jornadas porque nuestra tarea es acompañar a nuestros usuarios en su padecer, en su tiempo, en su ocio y su trabajo. Y aquí nos gustaría recordarles las acepciones del significante acompañar:

Estar o ir en compañía de otro: para nosotras cuando ellos lo deseen, cuando ellos llaman a otro.
· Juntar, agregar una cosa a otra: y agregaríamos intentando que sean una junta a otra y una mera superposición de existencias.
· Coincidir o existir simultáneamente: para nosotras aceptando las diferencias.
· Participar en los sentimientos de otro: el respeto por la lógica de cada uno.
· Existir o hallarse algo en una persona, especialmente una cualidad o habilidad: rescatar las potencialidades y deseos de cada uno.
Sinónimo: unirse, agregarse, escoltar, añadirse, seguir, juntarse, conducir, asociarse.

Y asimismo creemos firmemente en que este acompañar, que no es usual en estos pacientes, que son rechazados por no cuadrar en ninguna otra lógica salvo la propia, que no encuentran un lugar social “apropiado”, no deja de tener efectos terapéuticos. Por efectos terapéuticos no nos referimos a que se cure su psicosis, ni siquiera a la supresión de los síntomas, no pretendemos volver a los usuarios a ningún estado anterior, sino ayudar a encontrar y reforzar aquello que en un sujeto genera bienestar con su estado actual, en sus condiciones y recursos actuales.

En esto seguimos a Freud cuando afirma: Que no se debe educar al paciente para que se asemeje a nosotros, este no es el objetivo del psicoanálisis, sino buscar que libere y consume su propio ser.

Seminarios acreditados por el programa de formación de psicoterapeuta psicoanalítica.


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última actualización:17/04/08