   |
|
|
|
Jornada de trabajo interdisciplinar: Acompañamiento terapéutico.  |
|
Marisa Pugès, Asociación
"Altres camins en salut mental"

Aportaciones e interrogantes desde la práctica clínica
“Ella ha fracasado. A decir verdad, no es una
escritora en absoluto; no es más que una excéntrica
con talento… Ha fracasado y ahora vuelven las voces,
que murmurarán nítidamente fuera de su campo
de visión, ¡a su espalda! ¡Aquí!
¡no! se gira y se han ido a otro sitio. Han vuelto las
voces y el dolor de cabeza se aproxima, tan cierto como la
lluvia, ese dolor que aplastará su identidad, sea cual
sea, y ocupará su lugar…”
¡Qué angustia sentir que uno está a punto
de perderse! de perder su identidad, de perder los bordes,
los cauces, los límites que nos definen como sujetos,
sujetos al pensamiento, al deseo, a la voluntad. He escogido
este fragmento del inicio de la película Las Horas
(basada en la novela de Michael Cunningham) porque me ha parecido
una buena descripción de la desesperación de
una persona invadida por un trastorno mental que escapa a
su voluntad y control y acaba de esta forma con su vida, sin
que los que la quieren e intentan ayudarla puedan entender
lo que le está ocurriendo. Es una enferma, hay que
ocuparse de ella, sobretodo debe comer, descansar, asearse
y seguir activa. Ella era escritora.
Tal como anuncia el título de mi exposición
voy a intentar aportar algo a lo que hemos estado escuchando
de parte de nuestras colegas de Buenos Aires. Por no repetir
conceptos, puesto que partimos de similares líneas
teóricas, creímos interesante poner sobre la
mesa ciertas cuestiones que han ido surgiendo a partir de
nuestra práctica clínica como acompañantes
terapéuticos y desde diferentes aplicaciones.
Lo que voy a exponer es fruto del trabajo conjunto del grupo
al que represento “Altres Camins en Salut Mental”,
que lleva poco rodaje como equipo pero que cuenta con las
aportaciones de cada profesional, con unas trayectorias diferentes
en cuanto a la formación, universitaria y en psicoanálisis,
en cuanto al país de origen y en cuanto a la práctica
como acompañantes terapéuticos y en otras disciplinas
de salud mental.
En primer lugar la cuestión de los límites,
tan discutida pero de tan difícil acuerdo. ¿De
qué límites hablamos?
Por un lado estarían los límites más
o menos claros que tienen que ver con el encuadre y que afectan
a los dos protagonistas del AT: horarios y honorarios, llamadas
telefónicas, lugares de encuentro…Recordemos
que el trabajo del At se inventa situación a situación,
lo que le da su carácter de flexible, pero para ello
es necesario que puedan mantenerse unos mínimos elementos
estables.
Por otro el límite del ¿hasta cuándo?
¿Cuánto tiempo debe durar el acompañamiento?
Claro que va a depender del tipo de paciente, de sus recursos,
económicos y mentales, de los de su familia y de su
patología, la del paciente y la de la familia, dado
que es un recurso caso por caso, se va a tener en cuenta la
particularidad de cada situación, y se plantearán
unos objetivos u otros y aunque acostumbra a pasar que el
paciente o la familia interrumpen de forma más o menos
brusca, antes del tiempo que estimaríamos adecuado,
quisiéramos pensar sobre qué criterios vamos
a utilizar para decidir esta cuestión de la duración.
Si se trata de conseguir algún logro concreto o se
trata de otra cosa… sabemos que no es conveniente ni
posible precisar de antemano ese tiempo, pero nos plantea
dudas, éticas, sobretodo, cuando la duración
se cuenta por años. Y porque nos parece básico
que se pueda trabajar con tiempo la despedida.
Aprovecho este punto para introducir otra cuestión,
para nosotros primordial y que guarda relación directa
con la anterior: La demanda. La indicación fundamental
es la demanda que un paciente realiza en relación a
un sufrimiento. Entendemos que no hay estrategia posible,
ni tratamiento que no se base en los recursos del paciente
por mínimos que estos sean. No hay tratamiento que
no apunte a una optimización de aquellos. La pregunta
que podemos hacernos aquí sería ¿hasta
dónde alcanza la función, del AT? ¿Las
expectativas que puede poner en juego? Si tenemos en cuenta
que uno de los objetivos que orienta nuestra tarea, tal como
la pensamos, no es la de hacer desaparecer unos síntomas,
si no la de procurar unas condiciones desde donde se facilite
al individuo desplegar algo del orden de su deseo, de su subjetividad,
es decir poder escuchar algo de su propia demanda, se genera
un conflicto inevitable, pues lo más probable es que
no coincida ésta con la demanda, manifiesta, de la
familia con pedidos como “a ver si conseguimos de una
vez que se enganche a alguna actividad…que se levante
de la cama…que se motive, que se anime…que tenga
amigos…” pedidos por otro lado que tienen una
lógica desde el sufrimiento de la familia, al observar
con angustia este aspecto deteriorante de la enfermedad, que
se vive como dejadez, vagancia, cara dura…falta de voluntad,
como si se tratase de una cuestión de voluntad. Y sobre
todo y conectando con lo anterior se trata también
de un conflicto con el tiempo…para conseguir una relación
de confianza desde donde trabajar hace falta tiempo, un tiempo
que no va a ser el mismo ni para la familia que espera resultados
inmediatos, ni para el A ni, por supuesto, para el sujeto.
Aunque me refiero al AT, aclaro que éste forma parte
o debería, de un equipo de profesionales, pero este
es otro tema.
“... a los locos nos gustaría que, de vez
en cuando, nos preguntasen qué queremos”
algo parecido le dice el personaje de Virginia Woolf a su
marido al encontrarla después de recorrer muerto de
miedo la distancia entre su casa de campo y la estación
del tren que la hubiera llevado a Londres de no ser por la
intervención de éste. El matrimonio Woolf se
trasladó a este pequeño pueblo de las afueras
pensando en la recuperación de la salud mental de Virgínia
que había sufrido varios episodios depresivos en Londres,
y dos intentos de suicidio. Se buscaba la tranquilidad y el
alejamiento de aquellas situaciones capaces de enfermarla,
pero ella parecía no estar del todo conforme: “más
vale morir loca de atar en Londres que evaporarse en Richmond”.
¿Cómo acompañar al paciente en su
deseo, que no es el de sus familiares ni el del AT ni el del
equipo médico, ni siquiera del medio social? ¿cómo
dejar lugar para que pueda aparecer ese deseo cuando no coincide
con lo que se consideraría normalizado? ¿cómo
empezar a trabajar si no hay demanda ninguna? ¿es una
cuestión de ética? Se hace difícil trabajar
con la familia para que pueda funcionar como parte del equipo
sosteniendo eso, dejando un espacio vacío dónde
algo de la singularidad del individuo pueda emerger. Trabajamos
desde el supuesto de que el “enfermo”, viene ubicado
en esta posición, la de pasivo como sujeto y nuestra
tarea va a ser justamente acompañarlo a transformar
algo de esa pasividad para ubicarse en otro lugar, y eso no
pasa por que se apunte a hacer un taller de cocina, se trata
de otra transformación más profunda la cual
va a movilizar un buen número de resistencias, también
y sobretodo de parte de la familia, ¿qué va
a ocurrir después, quién va a representar ese
papel? Dice una canción catalana, que nada tiene que
ver con esto pero se me ha ocurrido mientras escribía,
traduzco: “yo era el loco de la ciudad y tú me
mataste, deberás substituirme de ahora en adelante”
Si no ¿quién va a hacerse cargo de la locura?
Pero ¿si el loco quiere seguir con su locura? ¿Tenemos
derecho a intentar “curarlo”? Cuantas veces escuchamos,
en los buenos momentos de la enfermedad, que estar loco es
más divertido. Bueno sería en otro orden de
cosas la cuestión de la eutanasia en el campo médico.
¿Qué hacer?
Y por otro lado resulta también dificultoso en algunos
casos donde se genera una transferencia, y contratransferencia,
muy intensa, poner freno al deseo del profesional acompañante,
es por eso que insistimos en la cuestión del propio
análisis, y de la formación y la supervisión,
como parte del tratamiento, con un doble objetivo: ayudar
a optimizar el trabajo que se está realizando con el
sujeto y la familia y ayudar al profesional a elaborar las
angustias que inevitablemente surgen cuando se trabaja con
TMS y que facilitan actuaciones en relación con lo
imaginario. Pero sobretodo y lo que resulta a veces más
complicado es que se debería mantener la continuidad
del trabajo en equipo. Por supuesto en este punto debería
introducir la cuestión del AT como elemento de triangulación,
indispensable para esta tarea. A veces nos preguntamos ¿quién
es el tercero en esta relación de varios participantes?
Y aunque haya varios personajes ¿es posible la triangulación?
En algunos casos habríamos podido pensar que la demanda
por parte de la familia de incluir un profesional de la salud
mental significaba un intento de diferenciación y separación,
pero no ha sido así y resulta difícil mantenerse
en ese lugar que no te otorga el paciente ni la familia, y
resulta más difícil cuando el profesional a
cargo de la cura tampoco lo hace, pues no se ha podido establecer
un trabajo de coordinación que coloque a cada uno en
un lugar claro y diferenciado desde el cual actuar. ¿Cómo
nos hemos organizado cuando ha ocurrido esto? Pues intentando
crear unos lugares simbólicos a donde acudir desde
el AT en momentos de necesidad. Invocando a los padres, al
coordinador del equipo como representante de una legalidad,
al propio médico como director de la cura…Organizando
una estructura triangulada en nuestra cabeza. Es por eso que
en la presentación como asociación de ats exigimos
como requisito el trabajo en equipo donde exista como mínimo
un terapeuta a cargo de la cura con el cual coordinarnos.
Un terapeuta, con una posición ética que determine
su modo de actuar como sostén de la transferencia en
la singularidad de cada caso. Y poder así clarificar
al máximo los lugares desde los principios. No obstante
nos gustaría que este punto pudiera incluirse en el
debate.
En otro orden de cosas: ¿quién va a sostener
la demanda de AT? Nos encontramos a menudo con que los que
sostenemos esa demanda somos los profesionales. ¿No
debería llegar a producirse la situación en
la que el propio paciente sostuviera su espacio? Esa situación
sí se da y son a veces los familiares los que boicotean
el dispositivo. ¿Tenemos algún mecanismo para
defender los intereses del paciente a pesar de su familia?
¿Es posible resolver esa cuestión si no existe
una relación transferencial familia-terapeuta?
Y hablando de la transferencia o ¿debería decir
transferencias? Dado que intervienen tantos elementos en esta
relación parece el tratamiento de un niño: padres,
maestros, pediatra, analista… Creo que en este tema,
aunque no me voy a extender, todavía hay mucho para
trabajar, dado que partimos de la base de que la relación
transferencial es un factor determinante del éxito
o fracaso de un tratamiento. Una cosa es trabajar teniendo
en cuenta la transferencia y otra trabajar desde la transferencia.
Aquí tenemos otro límite que hace a la diferencia
entre el terapeuta y el AT, ¿de qué transferencia
se trata en cada caso? Una diferencia primordial es que el
AT puede percibir la emergencia de fenómenos transferenciales
pero no interpreta y como hemos visto el terapeuta presta
su persona como soporte de la transferencia. El At en cambio
soporta esa otra esena en la cotidianeidad. El modo especial
de darse el vínculo tranferencial va definiendo los
diferentes roles que el AT deberá jugar según
la patología y los momentos que ésta deba atravesar.
¿De qué transferencia hablamos? ¿de qué
modo de relación: bipolar, simbiótico, especular?
Y dado que trabajamos con psicóticos y dado que su
concepción del mundo y de las relaciones se caracteriza
por la tendencia a la fragmentación: ¿estaríamos
favoreciendo esto? Porque a veces sí que es verdad
que hay muchas personas implicadas en un tratamiento. En este
punto sigo insistiendo en que una de las funciones del AT
debería ser la de unificar, función de puente
entre todos los agentes que intervienen en el tratamiento
y el ámbito de lo cotidiano y social puesto que es
el profesional más próximo al paciente, en cuanto
a que trabaja codo con codo en la realidad de lo cotidiano
con él.
Recordemos además que el AT no es el analista o el
médico-psiquiatra que puede manejarse con un encuadre
diferente en el marco de una consulta o de un hospital. El
AT tiene otro encuadre diferente y otra función, aunque
acorde con el equipo, pero es otra función si se quiere
más activa en relación a favorecer el despliegue
de la subjetividad del paciente sin aplastarla. En este caso
vemos que normalmente la demanda que se realiza a los profesionales
de SM es de que el paciente se motive, se active, haga alguna
actividad ¿qué actividad? En uno de los trabajos
que se presentará mañana, queda muy bien reflejado
este punto.
Nuestra protagonista, la de la película, ya realiza
una actividad laboral y ¿le sirve de alguna cosa para
evitar su locura y su muerte? ¿se trata de intentar
convertir al individuo en algo que no es para tranquilidad
de los que le rodean? ¿Insertarlo o reinsertarlo, como
se quiera, en un mundo del cual no se siente partícipe?
Quisiéramos pensar en la posibilidad de un AT orientado
a la aceptación, desde lo individual y lo social, de
la diferencia. Desde una forma distinta de ver el mundo, una
realidad particular, desde el reconocimiento de esa realidad
diferente ¿se trata de neurotizar al psicótico?
¿se puede? Es parte de la demanda que se nos hace…normalizar.
¿Podemos hacer eso? ¿qué significa normalizar?
Recuerdo mientras escribo esto a una pareja literaria que
escogió un colega y amigo, Kléber Duarte Barreto,
para representar el trabajo del AT, estos son Don Quijote
y Sancho Panza ¿quién acompaña a quién?
Bueno, parece más lógico que sea Sancho el que
cuida de que en los delirios de su Señor Don Quijote,
no se lastime o los meta en demasiados líos, que haya
de comer y lugar para dormir. Pero se establece una relación
entrañable de afectos muy dispares, desde luego los
de Don Quijote.
En otro orden de cosas, vemos también que en ocasiones
los diagnósticos no coinciden del todo y encontramos
pacientes cuyo diagnóstico de psicosis no es tan claro
y por lo tanto la relación de trabajo no va a funcionar
de la misma forma ni va a dar los mismos resultados, el vínculo
que se establezca va a ser diferente. Pensamos que, justamente,
en nuestro trabajo, donde otra de las funciones es la transmisión
de información sobre los avatares de la vida del paciente,
debería ser posible replanteárselo en el seno
del equipo. Por que preocupa la rigidez del encasillamiento
que resulta a veces de emitir un diagnóstico, que para
el profesional puede ser útil, o no, para planificar
una estrategia de tratamiento, y no se tiene en cuenta muchas
veces la utilización que de eso puede hacer el sujeto,
su familia y entorno, desde conformarse pues “me han
dicho que eso no se cura nunca”, a correr a pedir la
incapacidad que inhabilita a la persona para cualquier actividad
de tipo laboral, menos mal que desde los gobiernos se ha pensado
en emitir un dictamen con duración provisional, aunque
sea por pura cuestión de política económica.
O a entrar en una situación de pánico latente
esperando que vuelva a repetirse un brote, porque seguro que
va a volver porque es para siempre…creemos que no se
abre así ninguna posibilidad de reinserción,
ni de rehabilitación real, si no es entrando en el
circuito cerrado de la red, sin plantearse ninguna otra posibilidad
de salida. Es como una autorización a seguir siendo
objeto, de tratamiento, de estudio, de estadísticas
del gobierno, de goce de la familia. Es muy difícil
tratar de mover eso cuando viene tan bien certificado.
No quisiera acabar sin trasladaros también una preocupación.
Si bien es cierto que una de las funciones desde el origen
del AT es la de recoger información privilegiada de
los lugares cotidianos de la vida del paciente que de otro
modo no se obtendría ¿qué tipo de información
puede darse? ¿toda? ¿y cuando el paciente dice:
no quiero que lo sepa nadie? No se trata de un adolescente
en tratamiento donde se le avisa de que en ciertas informaciones
que comportan riesgo para él o para otros será
revisada la cuestión de la confidencialidad por si
conviene trasladarlas a los cuidadores. ¿Cómo
hacemos aquí, pues si ya por mera transferencia podemos
“ser” figuras persecutorias? Bueno, ahí
queda la pregunta.
Seguro que quedan muchas cuestiones por pensar pero también
aquí haciendo mención de los límites,
hay uno muy claro que es el tiempo de mi exposición,
que está por acabar. Creo que ahora en el espacio del
debate surgirán otras muchas cuestiones, o eso esperamos
y seguro que en el encuentro de mañana donde lo que
se va a presentar es la clínica se pondrán de
manifiesto muchas de las cosas que hemos podido ver hoy aquí.
Para finalizar leeré un fragmento del trabajo de un
grupo de Sao Pablo (Brasil) “Vias e trajetos do Acompanhamento
Terapêutico”
“El lugar del AT es el del extraterrestre, de aquel
que intenta, en la medida de lo posible, derrumbar el muro
y salir con la locura a la calle, la locura del paciente y
la suya, y se expone a las numerosas articulaciones de esta
situación, pero haciendo de ella, de esta exposición,
su lugar de potencia”.
Seminarios acreditados por el programa de formación de psicoterapeuta
psicoanalítica.
<< Volver
al Índice
|
 |
| |
|
|