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F.- Una ejemplificación clínica que muestra la importante
correlación entre “pensamiento único” y
narcisismo  |
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Juan y María, un matrimonio de mediana edad,
me consultan porque el más chico de sus hijos, Enrique,
un muchacho veintiañero –este matrimonio tiene
otros dos hijos, una hija con dos años más que
Enrique y otro varón cuatro años mayor–
luego de terminar el colegio secundario se ha retirado del
mundo, no ha buscado ningún trabajo, ni se ha propuesto
proseguir su formación a través de estudios
terciarios. Enrique prácticamente ha dejado de hablar,
ha perdido su red social y se pasa los días retirado
en su habitación, casi siempre a oscuras. En algunas
oportunidades toca el piano que está en su dormitorio,
trata de no participar de ninguna actividad familiar, sólo
mantiene algún contacto formal con la hermana del medio,
que todavía convive con ellos. El mayor de sus hijos
se ha casado y vive en otra ciudad y lo ven muy de vez en
cuando; hay un tono de queja respecto de él, por haberse
apartado y solapadamente culpan a su mujer y a la familia
de la nuera de haberlo capturado y separado de ellos.
En la primera entrevista que tuve
con Juan y María me cuentan que han realizado una serie
de consultas previas las que han naufragado, nunca han convencido
a Enrique pese a los denodados esfuerzos que han hecho, ellos
y los psicoanalistas o psiquiatras de turno, para que él
se avenga a ir a un consultorio. Luego de realizar un par
de entrevistas más, me convenzo que si sigo con ellas
me convertiré en uno más de la serie de profesionales
que han fracasado. Ante este panorama, se me ocurre como posible
vía de acceso, ir yo a la casa de ellos, e intentar
hacer entrevistas familiares allí; cuando voy, me doy
cuenta que me resulta muy difícil sustraerme a las
reglas y los sobreentendidos con los que se mueven; no parecía
existir para ellos otro modo de funcionamiento, ni normas
que no fuesen las que circulaban dentro de la familia, sin
que estas necesiten alguna convalidación; eran para
ellos coextensas con el mundo y la vida misma, eran “naturales”.
Dado este clima no me resultaba sencillo instalar un clima
de entrevista, en donde yo fijara pautas que me permitieran
pensar y operar desde mi posición profesional. Me era
notorio que cada prescripción que se me ocurría
proponer, sonaba ectópica o antinatural. Les resultaba
raro que les sugiriera que a la hora que yo llegaba nos reuniéramos,
o que no se levantaran mientras duraba mi visita, o que no
compartiéramos una comida mientras transcurría
la entrevista; yo era incorporado como parte del habitual
funcionamiento familiar.
Las entrevistas en la casa, en
un comienzo eran con los padres y la hermana de Enrique; él
mientras tanto permanecía en su dormitorio. Luego empezó
a asistir y permanecía callado, y el discurso de los
padres se concentraba en el mutismo de Enrique. Cuando pude
descentrar las miradas sobre Enrique, se hizo manifiesto para
mí, como la madre tenía una absoluta convicción
de que los miembros de la familia no podían cuidarse,
e incluso sobrevivir sin su ayuda. No dudaba ni por un momento,
que de no mediar su intervención, ellos ingerirían
comidas que los matarían; esta creencia no era una
metáfora, era literalmente así para ella. Esta
certidumbre no sólo incluía las comidas, teñía
toda la cotidianeidad. Esta mujer “sabía”
de todo y de todos; “percibía” lo que le
pasaba a cada uno, mejor que ellos mismos; “consideraba”
que tenía un contacto “empático”
con el modo de sentir de los miembros de su familia, resultando
todos ellos a “sus ojos” “transparentes”.
Este efecto de “transparencia”, era para ella
tan “natural”, que no necesitaba otro fundamento
que su propia convicción de tener esta virtud. El marido
y la hija, en los inicios, no sólo compartían
la cosmovisión que tenía María sobre
sus “capacidades”, ellos se unían además
con María en la “desesperación”
que ella sentía por este hijo, Enrique, que no se avenía
a ser salvado por una madre capaz de anticipar necesidades
y peligros.
Yo me sentía conminado para
que los ayude a ayudar a este hijo que en forma tan extraña
se oponía a esta mirada materna que sabía sobre
él más que él mismo. Tenía la
impresión que si yo decía algo que se apartara
del catecismo familiar, pasaría a ser también
un extraño. La cordura para este contexto era compartir
esta Weltanschauung. Cuando pude pensar con más detenimiento,
me hice la siguiente composición de lugar: Enrique
para no ser victima de esta intrusión enloquecedora,
no había encontrado otra solución que aislarse;
y aunque no comprendía demasiado lo que sucedía
en esta casa presumía que Enrique no había podido
irse como su hermano mayor y debía jugarse algo distinto
en esta familia en el ser mujer o varón. Esto se volvió
más claro, cuando me di cuenta que María fundamentaba
su peculiar lugar, como una prolongación del sitio
que en su familia de origen había tenido su propia
madre (la abuela materna de Enrique). Esto explicaba en parte
el destino distinto de Enrique y su hermana. También
debía tener alguna significación especial ser
el más chico.
Junto con Guillermo Seiguer (1996),
hemos estudiado este tipo de funcionamiento familiar, y en
un intento de tipificación las hemos llamado “familias
sagradas”, por el tipo de discurso que portan: una verdad
revelada, un “pensamiento único”; lo sagrado
alude “a lo intocable, a lo inviolable, a una fuente
de significaciones que refieren a algo imperecedero y sin
límites. Hay en lo sagrado una verdad fuera de todo
juicio que pretende responder a la esencia de lo natural”.
Se espera del analista, en estas familias, que no contradiga
al portavoz, habitualmente la madre.
Con el tiempo se avinieron a que
las entrevistas fuesen en mi consultorio, y se diluyó
el acuerdo sin fisuras de Juan con María. Se hizo evidente
que Juan pensaba que María estaba loca, pero por pereza
o por suponer que confrontar con las ideas de María
era una batalla perdida de antemano tomaba una actitud prescindente.
Enrique comenzó a increparlo a Juan por su actitud
hipócrita y cínica; Juan cuando se sentía
encerrado por los reproches de Enrique dictaminaba que si
bien lo de María era exagerado, a María la movía
la bondad. Esta respuesta sacaba de las casillas a Enrique
y enojaba a María, que entendía la actitud de
Juan no como un cuestionamiento a su delirio de bondad, sino
como que la dejaba sola en esta cruzada salvadora en la que
estaba embarcada.
Sin embargo este movimiento, que
su padre aunque de modo endeble diera otra versión
del mundo, tuvo como efecto que Enrique saliera parcialmente
de su encierro y me solicitara tener entrevistas a solas con
él.
Lo vi a Enrique en una psicoterapia
durante unos dos años, en donde si bien realizó
progresos, el menos en su vida social, empezó a trabajar,
jugaba al fútbol con muchachos del barrio, mantenía
sin embargo, casi sin modificar, una fuerte reticencia y desconfianza
hacia mí, en tanto me sentía como un agente
de la madre, hasta que un día hubo un corte de luz
en el edificio. Enrique ese día subió los diez
pisos, yo lo esperé con la puerta abierta, ya que no
había luz en el espacio que hay delante de la puerta
de mi consultorio. Al llegar estaba totalmente desencajado,
desorientado, confuso, con su mirada perdida, no se daba cuenta
por que puerta se entraba a mi consultorio, yo le resultaba
extraño, él se sentía extraño.
Si me veía forzado a hacer una caracterización
psicopatológica diría que Enrique estaba en
medio de un cuadro confusional, con la correspondiente despersonalización
y sentimientos de desrealización.
Luego de varias sesiones, pudimos
comenzar a construir la escena que provocó el cuadro
confusional. El espacio que hay delante de la puerta de mi
consultorio es relativamente amplio, en una de sus paredes
están dos ascensores, en la pared que los enfrenta
llega la escalera y en las dos paredes restantes hay cuatro
puertas de entrada a cuatro pisos distintos. Enrique siempre
llegaba al palier desde el ascensor y al llegar desde la escalera
se encontró con un panorama distinto del esperado por
él.
La hipótesis que me hice
es que para Enrique lo exterior al orden establecido, no debía
tener significación, era un inexistente. Cuando ese
inexistente fuerza su inclusión en el universo semántico,
se suscita en él un rechazo. Lo diferente en tanto
desestimado, al rechazarse la pertenencia a su mundo, adquiría
cualidad de exterior, retornando como siniestro y no como
diferente, ya que esta categoría para él y su
mundo (el prefigurado por su madre) no existía.
La elaboración de este episodio
fue muy interesante, en tanto nos abrió a la perspectiva
de que hay diversos puntos de vista sobre una misma cosa.
Un hecho azaroso nos ayudó. Enrique vivía en
la planta baja y un día subió a la terraza del
edificio donde él moraba. Se sorprendió cuando
vio que los descansillos de las otras plantas, no eran idénticos
al que daba su piso. Él esperaba que todos fuesen iguales,
y cuando vio que esto no era así no hizo un nuevo cuadro
confusional. Vino a la sesión siguiente muy contento
a contármelo; él empezó a pensar que
este no era sólo un problema que le planteaba la arquitectura,
correspondía a un modo que él tenía para
ver el mundo. Pudo pensar que hay muchos mundos posibles y
cada uno de ellos admite diversas miradas y que ni los múltiples
mundos, ni los diferentes puntos de vista son totalmente anticipables.
Más aun, tomó insight, acerca de cómo
el conocimiento previo puede operar como un obstáculo
para conocer. Este poder de anticipación era claramente
relacionable con la madre, pero para Enrique era ya evidente
que este modo de pensar se había hecho carne en él;
ahora podía no solamente separarse de la omnisciencia
de la madre, sino de la propia; pero traía como contrapartida
no poder ya refugiarse en la seguridad del mundo restringido
en el que había vivido.
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