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E.- El “pensamiento único” y su relación con la cuestión del Narcisismo

Propongo que la idea de Pensamiento único (Moguillansky 2003; Moguillansky 2004) es una buena pista para ampliar nuestra comprensión del fenómeno narcisista.

Pensamiento único y su relación con la Weltanschauung implícita en el llamado “sentido común”:
Sugiero que con frecuencia pensamos, en tanto usuarios de “un sentido común”, desde una Weltanschauung que presupone una construcción intelectual que soluciona de manera unitaria todos los problemas de nuestra existencia a partir de una única hipótesis.
Está presupuesto, desde el sentido común, que todos discurrimos de modo semejante, que a nuestro modo de pensar subyace una lógica uniforme, lo que implica que todos razonamos igual. Convengamos que es necesario un esfuerzo para advertir que en nuestra vida de relación sólo establecemos un consenso sobre un modo de denotar y connotar, y que esto no quiere decir que sentimos igual, que pensamos igual. Sin embargo, sentido común mediante, nos deslizamos a otro modo de pensar, que en tanto esta basado en el sentido común, un catecismo predigerido, tiene la tentadora ventaja de hacernos sentir más seguros en la vida, sabemos lo que debemos procurarnos, como debemos colocar nuestros afectos e intereses de la manera más acorde.

El pensamiento único excede nuestras conversaciones ordinarias, también impregna el discurso académico.
Esta Weltanschauung no sólo suele teñir nuestras conversaciones habituales, sino también las discusiones entre miembros de una misma comunidad de conocimiento.

Esto es problemático, sobre todo en el discurso científico, ya que en este modo de pensar, al que propongo llamar “pensamiento único”, en tanto está implícito en él una función unitaria o unificante, ninguna cuestión permanece abierta y todo lo que nuestro interés recaba halla su lugar preciso.

El pensamiento único, en tanto impregna el imaginario social define la demanda que nos consulta.
Este común modo de sentir, tiene entre sus atributos no concebir un sujeto dividido, la crisis o lo negativo como inherente a lo humano, y congruentemente con ello reclama la restauración de un sujeto con formas de pensar similares y relativamente sin conflicto. Esta aspiración contiene el anhelo de vivir en un mundo donde “la felicidad” dada por lo absoluto sea posible. Advirtamos que lo no-absoluto es, para lo que subyace al sentido común, algo que surge por defecto y casi siempre para este punto de vista –el del sentido común– de causa accidental, un ejemplo privilegiado se lo puede encontrar en cómo es estimada, evaluada, la muerte o la locura, sabemos que casi nunca son esperadas como parte del devenir del vivir.

Contiene este modo de pensar, en tanto lo suponemos parte del “sentido común” la creencia de un orden natural o incluso de una ley natural, una concepción basada en la existencia de lo absoluto.

Cómo ilusión el pensamiento único resuelve el malentendido estructural del que somos víctimas en tanto humanos con modos de sentir diversos y usuarios del lenguaje que nos genera un inevitable malestar. Este malestar se elimina considerando la diversidad en el sentir y la polisemia de las palabras sólo como un conocimiento intelectual.

El pensamiento único estipula lo que es razonable.
El sentido común estipula lo que es razonable, lo que está en boga, lo que está de moda, sentido al que la mass media le rinde homenaje considerándolo el máximo sostén de la racionalidad, del buen gusto y la sensatez; impregna buena parte de la estética, los valores e ideales de nuestro pensamiento y de nuestra cultura.

El sentido común se apoya en el principio de identidad, la idea de centro, y la idea de origen único.
Para comprender otros matices de esta cuestión es sustancial no ignorar que en el altar del sentido común ocupan un lugar privilegiado el principio de identidad, la idea de centro, y la idea de origen único.
Para darse cuenta de la trascendencia que tienen dentro de nosotros estas ideas, y del lugar dominante que ocupan, debiéramos estar alertados que son las que habitualmente dirimen lo que se considera un buen pensar y solemos organizar nuestra comprensión del mundo alrededor de ellas. El buen pensar es aquel que sigue las leyes del pensamiento que ha definido la lógica como garantía de un razonar correcto. Desde la lógica se sostiene que hay tres leyes, o principios que son necesarios y suficientes para que el pensar discurra por carriles “correctos”: el Principio de identidad; el Principio de contradicción y el Principio de tercero excluido (Copi, Irving,1953). Esto toma mayor alcance, si a la vez, no perdemos de vista que precisamente estos tres principios, son los que Freud nos señala, que no rigen dentro del pensamiento inconsciente. Luego este razonamiento regido por estos principios tiende a abolir la noción de inconsciente, a no considerar su eficacia, a no apreciar como parte del pensar los productos que surgen del inconsciente, productos construidos con la argamasa de principios o leyes que desde la lógica formal no corresponden a un buen pensar. Bion, construyó una tabla en la que cruza niveles progresivos de abstracción en el pensar en el eje de ordenadas con usos del pensar en el eje de absisas. Dentro de este último eje, se destaca la “columna 2”, en donde ubica la tendencia a no considerar otro significado que aquel que se manifiesta a los órganos de los sentidos. Tiene un sentido parecido, la columna 2, a la noción de “obstáculo epistemológico” que teorizó Bachelard.

Esta idea de “lo Uno”, con cimientos en el principio de identidad, la idea de origen único y la idea de centro, forma parte de una línea en que ha sido pensada la racionalidad consensuada que nos viene desde los griegos.

Pensamiento único y teoría de la universalidad fálica.
No resulta sencillo, desde esta perspectiva, hacer temblar (en el sentido que le da a temblar Kierkegaard) la aspiración a Lo Uno. Esta cosmovisión persiste en el niño, a través de la “teoría de la universalidad fálica”, una de las teorías sexuales infantiles que dan sustento a la epistemología con la que piensa un chico –que sostiene la igualdad de todos los humanos; en otras palabras no hay otro ser diferente a mí-, epistemología entonces desde la que construimos y miramos el mundo en nuestros primeros años de vida, y sabemos, la clínica psicoanalítica así nos lo enseña, que no sólo esto fija las coordenadas con las que reflexionamos en esa etapa etérea; en nuestra adultez, con frecuencia, seguimos pensando desde esos ejes.
Esta epistemología, fundamentada en teorías sexuales infantiles, que entre otras cosas asevera la analogía de todas las personas, sigue vigente en nuestra forma de pensar, hace a nuestra esencia humana, y en tanto es así condiciona nuestro pensamiento y nuestra percepción. Tal es su fuerza que tratamos de acomodar las ideas y los preceptos a esta teoría, suponiendo que algo falta en las niñas o puede eventualmente faltar en los varones, cuando nos encontramos con experiencias que hacen insostenible las exigencias de dicha teoría. La noción de “castración”, tan cara el pensamiento psicoanalítico, piedra esencial de nuestra comprensión clínica, tiene el presupuesto de un individuo que presupone la no-existencia de sujetos diferentes como, contra toda evidencia, lo asegura la teoría de la “universalidad fálica”.

Pensamiento único y contrato narcisista.
También forma parte de esta cosmovisión, afín con el pensamiento único, la creencia sin discusión de los “enunciados de fundamento” de la sociedad a la que advenimos. Nos culturalizamos mediante esta incorporación acrítica de los valores, proscripciones y prescripciones vigentes en esa cultura que nos acoge. Esto ha sido notablemente descripto por Piera Aulagnier (1975) en lo que ella ha llamado “contrato narcisista”. Es el precio que tenemos que pagar para tener un lugar dentro de ella. Creemos que lo que crea un mundo compartido entre sujetos es precisamente la fantasía de tener una fantasía en común. Esta definición acerca de Lo conjunto que lo que crea un mundo compartido entre sujetos es precisamente compartir la fantasía –la creencia en la existencia de esa fantasía- de tener una fantasía en común la hemos acuñado recientemente con Guillermo Seiguer.
Esta fantasía construida en común -no por fantástica es menos eficaz en sus efectos- es precisamente lo conjunto.


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última actualización:17/04/08